Había
acontecido con la rapidez de algo que maceró durante años. Un largo período de represión,
entropía en segundos. Bárbara dejó la puerta de calle abierta y caminó hacia el
puerto.
Ahora
esperaba en su banco preferido y contemplaba los cientos de barcos amarrados en
el muelle. Colores movedizos e intercambiables, flotando indiferentes. Aunque
sabía que no era cierto, sentía que tenía todo el tiempo del mundo y le parecía
que los demás se movían a alta velocidad. Miraba a la gente correr al trabajo,
a la facultad, a una reunión. Los turistas apresurados, tomando fotos y
sonriendo. Gente llegando tarde a todos lados. En uno de los barcos alguien
cantaba. Sonrió.