Chiche
abrió los ojos. Afuera, aún era de noche.
Miró el reloj digital de la mesa de luz y sonrió mientras se
incorporaba. “Cuando llegas a esta edad, la vejiga es el más certero de los
despertadores”, pensó mordaz. Se puso las pantuflas y se dirigió lentamente
hacia el baño. No tardó mucho, pero al salir ya estaba completamente desvelado.
Cada vez dormía menos, y eso lo preocupaba. No desde el punto de vista médico,
sino porque el día tenía cada vez más horas para llenar. Puso la pava, preparó
el mate, y se sentó en la mesa del comedor a ver el amanecer por la ventana.
martes, 31 de marzo de 2015
miércoles, 18 de marzo de 2015
Incoherente #1
El dragón escupe fuego sobre mi cabeza. Me agacho, aterrado de que se
chamusquen mis escasos cabellos. Cuando la llamarada se extingue, el dragón se
retira y la oscuridad invade la cueva. Prendo mi linterna y un diminuto haz de
luz ilumina una pequeña porción de universo delante de mí. El mundo puede ser
una esfera; o plano y circular, flotando sobre cuatro elefantes posados encima de una
gigante tortuga que flota en el espacio, impaciente de llegar al fin de la
galaxia. No sé. No me interesa. Sigo caminando.
Romeo y Julieta mueren, más que por amor, por falta de comunicación.
Escribo entonces en las paredes de la caverna: “Gabriel estuvo aquí. Ojo con el
dragón”.
viernes, 5 de diciembre de 2014
Eleccciones y dudas
– Adelante, Visconti, tome asiento.
¿Quiere una manzana? ¿No? Bueno, dígame: ¿qué lo trae por acá?
– Jefe, necesito encontrarme a mí mismo.
Llegar más allá del común del universo, a ese lugar donde se esconden todos sus
secretos. Ver pasar la vida desde una posición de reflexión e imparcialidad.
– Renuncia.
– Sí, eso. Renuncio.
– ¿No le gusta su trabajo, Visconti?
– No realmente. Ya no quiero trabajar en
un estudio jurídico, generando demandas por accidentes. Necesito usar mi
lámpara para iluminarme, y luego a otros. Meditar y descubrir mi propósito para
ayudar a los demás. Ansío ser un misterio mayor. Un triunfo por encima de los
deseos. Anhelo ser Buda en la selva, Jesús en el desierto, Zaratustra en la
montaña, Mahoma en la cueva, Krishna en el bosque.
– …
– Un ermitaño, jefe.
– ¡Oh, claro, claro! Zaratustra, claro.
jueves, 20 de noviembre de 2014
Carta a mi administrador de consorcio
Buenos
Aires, 20 de noviembre de 2014
Sr. Julio A.
Herrera
Administrador
Estimado señor, lamento molestarlo,
sé que es un hombre ocupado, e imagino está trabajando arduamente para hacer
nuestra vida más sencilla, pero necesito ponerlo en conocimiento, o, en caso
que ya esté al tanto, recordarle, que el edificio situado en la calle Pablo
Giorello 8181 presenta una serie de… no sabría que palabra usar para abarcar la
magnitud y cantidad de… ya está, ya está: desgracias. Eso, desgracias.
Inconvenientes no estaba a la altura. Me hubiese gustado comentarle estos temas
en la última reunión de consorcio, pero se me hizo difícil hacer prevalecer mi
voz por sobre los justos pedidos de mis vecinos de empalarlo en la plaza del barrio,
por lo que escribo esta carta para comentarle los temas que más me afligen.
lunes, 3 de noviembre de 2014
En el puerto
Había
acontecido con la rapidez de algo que maceró durante años. Un largo período de represión,
entropía en segundos. Bárbara dejó la puerta de calle abierta y caminó hacia el
puerto.
Ahora
esperaba en su banco preferido y contemplaba los cientos de barcos amarrados en
el muelle. Colores movedizos e intercambiables, flotando indiferentes. Aunque
sabía que no era cierto, sentía que tenía todo el tiempo del mundo y le parecía
que los demás se movían a alta velocidad. Miraba a la gente correr al trabajo,
a la facultad, a una reunión. Los turistas apresurados, tomando fotos y
sonriendo. Gente llegando tarde a todos lados. En uno de los barcos alguien
cantaba. Sonrió.
jueves, 16 de octubre de 2014
El abordaje
Debo haberle
parecido una loca, ¿no? Déjeme que termine de servirme el café y le explico. Ahí
está. A ver, recuerdo que fue un día de verano cualquiera. Ni mi cumpleaños,
que es en agosto; ni navidad, que ya había pasado. Halloween ni se festejaba y
había sido hacía meses, así que tampoco venía por ahí la mano. Simplemente
llegó, me dio un beso, un abrazo lleno de olor a perfume y me dio el paquete.
¿Qué había en el paquete? ¡Un disfraz de pirata!
Yo tenía
ocho años. Usaba vestidos rosas y había aprendido a hacerme una trenza que
llevaba todos los días a la escuela para envidia de mis compañeras. En la tele
solo veía princesas, duendecitos y osos cariñosos; y me la pasaba dibujando
arcoíris, cielos soleados, unicornios… todas esas pavadas. Era una chica común
y corriente, pero algo me hacía ruido de toda esa movida. La abuela Zulma lo
notó, y lo tuvo en cuenta a la hora de comprar el disfraz. Al menos, es lo que
me gusta creer.
viernes, 10 de octubre de 2014
Ausente con aviso
Los murmullos le
indicaron que había pasado demasiado tiempo sin reacción de su parte. Levantó
la cabeza. El público del viejo teatro municipal se dividía entre los que
sonreían, interpretando la demora como parte del acto, y los solemnes, que
sospechaban que algo fuera de lugar estaba sucediendo. Todos lo miraban. Se
palpó el chaleco sin lograr tantear nada. Bajó la mirada y volvió a fijarla en
el interior del sombrero de copa. El círculo de fieltro negro se veía como un
pozo muy profundo, casi sin fondo. Allí, donde debía estar el desenlace de su
acto, solo había un papel garabateado:
Se me hace tarde
y la duquesa me va a matar. Literalmente. Tomé tu reloj. Te lo devuelvo a mi
regreso.
C.B.
PD: Tengo una
chica para presentarte. Alicia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)