El alto ejecutivo
mira por la enorme ventana hacía el hormigueo debajo. Observa a la gente correr
a las formaciones, controla a los guardas, chequea que las filas de las
boleterías avancen fluidamente. Su oficina es suntuosa y moderna: el vidrio y
los cromados resaltan en los muebles, y una valiosa alfombra persa desentona en
el piso. Tres de las paredes están casi cubiertas de diplomas, galardones y
réplicas de cuadros famosos de distintos estilos y períodos. En ninguno hay
trenes. La cuarta pared está hecha de plexiglás y ofrece, desde un segundo
piso, una vista panorámica de la estación terminal del ferrocarril que el dueño
de la oficina administra.
En el recorrido
visual se detiene en el enorme reloj que llena una de las paredes de la
estación. Pesadas agujas negras sobre un descascarado fondo claro, controlan el
tiempo desde que la estación se inauguró, mucho antes de que llegaran los
modernos trenes y las innovadoras técnicas de gerenciamiento. El hombre observa
el avejentado artilugio por un momento, hasta que una de las manos metálicas se
mueve un casillero con un sobresalto corto. Saca su celular del bolsillo,
chequea algo rápidamente y vuelve a guardarlo.
“Vicky, ¿qué hora es?”,
pregunta, sin darse vuelta, a su secretaria, que en ese momento entra con una
bandeja.
“Las diez, señor. ¿No?”,
responde Vicky, un dejo de preocupación en la voz. Su computadora le avisó que
era hora del desayuno de su jefe y ni se había molestado en chequear si el
aviso era correcto.
“Puta madre, lo hizo de
nuevo”, susurra el empresario, aun mirando por la ventana.