jueves, 20 de agosto de 2015

La oveja negra

M´ijito, si a uté le ofrecen quel próximo sueño se le haga su vida real, ¿aceptaría?
La cuestión le sonó divertida, hasta lúdica: convertir un bello sueño en la satisfacción real de todas sus fantasías. Claro que también podría experimentar una horrible pesadilla, pero determinó, casi inmediatamente, que los riesgos siempre traen recompensas. Y que era difícil una vida peor que la suya. 
Sonrió y asintió. Vio a la tarotista frente a él sonreír y asentir a la vez.
Delo po´ seguro.
¿Eso es todo?- respondió divertido- ¿No hay encantamientos a la luz de la luna?
Uté ve mucha´ película´. Pa´ mañá ´tará hecho.

viernes, 7 de agosto de 2015

Surgimiento, estrellato y desaparición del Justiciero del Transporte Público

Todas las mañanas, de lunes a viernes, Juan Carlos Panosian salía de su casa, en Darregueira y Paraguay, y caminaba unas pocas cuadras hasta Oro y Santa Fe. Allí se subía al colectivo 59 hasta Las Heras y Callao, donde trabajaba cerca, en un pequeño estudio contable. Luego de nueve horas de alquimia numérica, hacía el mismo recorrido a la inversa para volver a su hogar: un modesto PH que resistía estoico a la mutación de esa parte de Palermo, que solía ser “viejo” y pasó a ser tocayo de vecindarios de moda en metrópolis famosas. Cenaba liviano, charlaba con su mujer mientras veían un rato de TV y se acostaba hasta el día siguiente.
Era un hombre de mediana edad, bajo y menudo. De pelo canoso y tupido bigote. Alternaba entre los dos mismos trajes gastados desde hacía años y, preocupado por la “situación actual”, cuidaba su trabajo, aunque, de acuerdo a su esposa, este no lo satisfacía del todo. Tenía una vida tranquila y rutinaria. Una vida que no se distinguía de la de miles de habitantes de la ciudad, hasta una víspera en la que, según él, decidió enfrentarse al descaro y la grosería.

viernes, 31 de julio de 2015

Qué ridículo gritar: "¡Meta!"

Los ojos se agrandan; las pupilas, dilatadas, tratan de abarcar la escena. Se yergue y apoya firmemente los pies, los muslos tensos, listos. Deja de respirar por un momento. Aun ateo recalcitrante, ruega a un ser superior que guie al caudillo a la verdad.
Ve magia salir del pie, de la cabeza, aun de las manos prohibidas y furtivas. La ve viajar con rumbo a la exaltación. El capricho peregrina en cámara lenta, elude al cancerbero y se aloja en la meta, donde descansa, indiferente de la reacción que acaba de desencadenar.
El cerebro hace cortocircuito, sobrepasado de estímulo. Los ojos ven al guerrero transformarse en mesías y guiar a sus compañeros al abrazo. El salto lo acerca donde debe dar gracias. Los pulmones se llenan de aire, que explota transformando el viento victorioso en clímax vibrante; en un grito que exorciza el mal del mundo. Las lágrimas amenazan con escaparse, delatando el amor más tierno debajo de esa furia bestial.
Gol.
La tensión se transforma en éxtasis y la batalla en justicia. Los colores son más hermosos que nunca. El honor del blasón está a salvo.

lunes, 20 de julio de 2015

Manual para el correcto comportamiento en el transporte público

En las siguientes líneas les entrego un pequeño compendio de sugerencias (“órdenes” queda medio autoritario) a fin de mejorar, no más sea una pizca, el nunca bien ponderado viaje en transporte público. Si utiliza alguno de los múltiples medios de desplazamiento que brinda esta hermosa ciudad, por favor tenga a bien leer esta pequeña lista, a fin de mejorar la cuasi forzada convivencia que enfrentamos cientos de miles de nosotros, casi diariamente.

· * Las filas para subir al colectivo deben respetarse a rajatabla. Si alguien tiene la osadía de “colarse” se lo marcará con desprecio, sin importar edad, sexo o ayuda prostética utilizada. Cuando llegue el colectivo, si la persona lo requiere, se le dejará pasar primero, sin problemas y hasta con una sonrisa. Antes, no. En el caso del tren y el subte, no existen las colas: es un salvase quien pueda; use su fuerza bruta y trate de no caerse a las vías.

· * Cualquier superstición a fin de hacer que el medio de transporte llegue más rápido será mofada, pero secretamente agradecida. Prender un pucho, rezar un padre nuestro o sacrificar una virgen, todo es válido para que el transporte llegue cuanto antes. Tenga en cuenta que, respetando la ley fundamental que mueve al universo (la de Murphy), siempre pasará primero el colectivo, tren o subte que va para el otro lado.

· * Debe dejarse salir a los que bajan y recién ahí subir al transporte. Parece obvio, pero viendo lo mucho que se repite lo contrario, debe ser más difícil de entender que la teoría de cuerdas o por qué hay gente fan de Gran Hermano. Lo repetimos por si acaso: cuando se abre la puerta, salen los de adentro y recién ahí entran los de afuera. ¿Redundante? Tal vez, pero de alta importancia.

· * Las mochilas, carteras y bolsos deben ser manejados con extremo cuidado. Trate de llevarlos por delante suyo, a fin de evitar robos y, sobre todo, puteadas.

· * Ceda inmediatamente el asiento a embarazadas, anciano/as y personas con niños. Fingir dormir para no hacerlo merecerá el peor de los repudios. Por otro lado, gritar que alguien ceda el asiento, con tintes de paladín urbano, es más irritante que heroico.  Hágalo, pero trate de evitar el tono mezcla de indignación y “no me lo agradezcan, lo hago por amor a la sociedad”.

·  * En caso de duda ante aparente embarazo, brinde el asiento. Si nota que la chica finalmente no estaba embarazada (podrá verse claramente en la mirada de odio incontrolable dirigida hacia nuestra persona), diga que en realidad ya estaba por bajar y trate de ocultarse lo mejor posible. Si esto no es factible, no le quedará otra que descender de la unidad y esperar la siguiente.

·  * Al estar posicionados sobre el motor, los asientos de la hilera del fondo del colectivo son los más calientes. Téngalo en cuenta para un confortable viaje en invierno y trate de evitarlos durante el verano. Por otro lado, no se relaje demasiado en los mismos, la falta de asientos por delante hará que cualquier frenada lo lance rodando por el pasillo.

· * Trate de mantener una ventanilla abierta, aun pese a una posible inclemencia del clima. Más inclemente son olores y los virus, y, al parecer, aun no todo el mundo aprendió el simple acto de cubrirse al toser y/o estornudar, o la noble tarea de ducharse todos los días.

·  * Los auriculares son 100% obligatorios. A nadie le interesa saber qué está escuchando.

· * Trate de no maquillarse en los medios de transporte. Un pozo o una frenada pueden convertirla en mapache si tiene suerte, o en tuerta si no. Cortarse las uñas en el transporte público debería estar penado con la expulsión inmediata… de la sociedad.

·  * Evite terminantemente rozar de manera lasciva al resto de los pasajeros. Cierre las piernas al sentarse. Evite comentarios denigratorios. No sea un cerdo.

·  * Si va a utilizar el transporte público para suicidarse, ya sea saltando frente a él o muriendo de aburrimiento mientras espera que el Premetro funcione correctamente, trate de no hacerlo en hora pico. El resto de los pasajeros, y su madre (a quien el resto de los pasajeros evocarían con poco cariño), se lo agradecerán.

· * Los productos vendidos en los medios de transporte son de mala calidad. No son “sobrantes de aduana”, van a romperse a los pocos días y/o tienen una fecha de vencimiento más adulterada que la edad de una dama coqueta. Por otro lado, el alfajor del tren siempre será tentador y la linternita o los destornilladores se verán extremadamente útiles. No sea crédulo, pero tampoco se resista demasiado y dese el gusto de vez en cuando.

· * Al ver artistas desempeñarse en el transporte público, trate de librarse del: “que estos vagos vayan a laburar”. Piense que “laburar” no siempre es ponerse una corbata 45 horas a la semana, y que se requiere más talento para tocar Spinetta en un medio de transporte en el que usted se mantiene vertical de milagro, que para hacer una mediocre planilla de Excel. Si no le gustó el acto, no aplauda y chau; si le gustó, agradezca y colabore. 

· * Si se para delante de la puerta, es porque baja en la siguiente parada o estación. Por favor, evite confusiones y ahórrese los insultos y evocaciones maternales. A su vez, pedir permiso con mucha anticipación para posicionarse cerca de la salida es odioso. A menos que vaya a romper la puerta y saltar del transporte en movimiento, sea paciente y acérquese recién cuando esté pronto a descender.


lunes, 22 de junio de 2015

Conclusión Descabezada


(con las disculpas pertinentes al espíritu, la familia y los abogados del señor Augusto Monterroso)

Rolston entra al lujoso apartamento y enfila hacia las ventanas de la propiedad, midiendo a ojo si su gordo trasero, moldeado a imagen y semejanza de su caduca prosperidad, cabe por alguna de las aberturas. Las cabezas reducidas habían sido una bendición. Taylor había dado con la gallina de los huevos de oro en la espesura de la selva amazónica y juntos la habían matado de agotamiento. Al parecer, a todos los burgueses del mundo les interesaba tener un cráneo humano reducido en algún lugar de la casa, a modo de adorno. Las cabezas se terminaron, el dinero se acabó. Habría que volver a trabajar y no está dispuesto a arrastrarse entre empleaduchos de poca monta, luego de haber tocado el cielo financiero con las manos. Saltaría por la ventana. Unos segundos de vértigo y eso sería todo. Había tenido una buena vida.

Caminando hacia el vidriado destino, su vista tropieza con el paquete sobre la mesa del comedor. Es pequeño, forrado en papel madera y rodeado por un nudo de cuerda. Está cubierto de varios sellos postales, indicando que cruzó diversas fronteras hasta llegar a destino. Reconoce los sellos e inmediatamente sabe que hay dentro. La última de muchas. Toma el bulto y lo agita una sola vez, con cuidado, como intentando no perturbar su contenido. Un golpe sordo contra una pared interior y el crujido de papeles. Suelta un gemido y, juntando fuerzas, corta los cordones, rompe el papel y abre el paquete.

La cabeza de Mr. Taylor, su sobrino, lo mira desde dentro de una caja. Encogido y sonriendo, como disfrutando de la exquisita ironía de la situación. Debajo de la cabeza, dos sobres: uno grande, de papel madera, completamente liso; el otro, pequeño, blanco y rubricado “Mr. Eugene Ronston” en uno de los lados.

Rolston abre su sobre primero y encuentra una pequeña nota. Reconociendo la letra de su sobrino, lee:

Querido tío:
Lamento que todo terminara de esta manera. Deberíamos haber previsto que nuestra ambición nos llevaría a perder la cabeza. En mi caso, literalmente.
Disculpándome por ese pedestre chiste, le hago dos obsequios: a mí mismo (me considero un fino ornamento para su hogar) y el contenido del otro sobre. Este me fue entregado como pago por uno de nuestros mejores trabajos: la reducción del cráneo del cabezón del pueblo. El macrocéfalo aborigen poseía una mollera de tal magnitud que daba sombra a los niños del pueblo durante los meses estivales. Fue una titánica tarea, realmente.
Quitándome el sombrero, y el resto del cuerpo, lo despido con afecto,
Percy Taylor

Rolston dedica una fracción de segundo a despedirse de su pariente y abre el segundo sobre. Se encuentra con varias hojas llenas de rayas y garabatos, que reconoce como notas musicales sobre un pentagrama. Los folios parecen antiguos: el papel es amarillento y quebradizo. No tiene idea de que tiene entre manos, pero conoce a alguien que puede ayudarlo.

lunes, 1 de junio de 2015

El reloj de la estación

El alto ejecutivo mira por la enorme ventana hacía el hormigueo debajo. Observa a la gente correr a las formaciones, controla a los guardas, chequea que las filas de las boleterías avancen fluidamente. Su oficina es suntuosa y moderna: el vidrio y los cromados resaltan en los muebles, y una valiosa alfombra persa desentona en el piso. Tres de las paredes están casi cubiertas de diplomas, galardones y réplicas de cuadros famosos de distintos estilos y períodos. En ninguno hay trenes. La cuarta pared está hecha de plexiglás y ofrece, desde un segundo piso, una vista panorámica de la estación terminal del ferrocarril que el dueño de la oficina administra. 

En el recorrido visual se detiene en el enorme reloj que llena una de las paredes de la estación. Pesadas agujas negras sobre un descascarado fondo claro, controlan el tiempo desde que la estación se inauguró, mucho antes de que llegaran los modernos trenes y las innovadoras técnicas de gerenciamiento. El hombre observa el avejentado artilugio por un momento, hasta que una de las manos metálicas se mueve un casillero con un sobresalto corto. Saca su celular del bolsillo, chequea algo rápidamente y vuelve a guardarlo. 

“Vicky, ¿qué hora es?”, pregunta, sin darse vuelta, a su secretaria, que en ese momento entra con una bandeja.

“Las diez, señor. ¿No?”, responde Vicky, un dejo de preocupación en la voz. Su computadora le avisó que era hora del desayuno de su jefe y ni se había molestado en chequear si el aviso era correcto.

“Puta madre, lo hizo de nuevo”, susurra el empresario, aun mirando por la ventana.

viernes, 8 de mayo de 2015

Junior

Era su padre quien lo encontraba todas las mañanas: los ojos cerrados, la respiración acompasada, vaciando los sifones contra la pared del patio.

Cuando la escena se repitió hasta la preocupación, lo llevaron al médico del pueblo. Estudios de sueño, electroencefalogramas, hasta una visita disimulada a un hipnotista, y lo único que descubrió el galeno fue que no tenía el menor indicio de qué causaba sonambulismo con específico gastadero de soda. El solo aporte que pudo hacerle a los padres fue asegurarles que despertar a un sonámbulo no causa ningún tipo de consecuencia nefasta; por lo que cada mañana, al encontrar al niño empapando las paredes del patio, sonriendo en verano y temblando en invierno, su padre lo secaba y lo mandaba, dependiendo de la época del año, a la escuela o a mirar dibujitos animados; mientras se preguntaba que fuerza invisible empujaba a su hijo a llevar a cabo tan específica tarea.

La madre observaba estas escenas desde la distancia; temerosa, con el corazón encogido. El padre suponía que la pena y la impotencia la apartaban de tan triste escena. Lo que la asustadiza señora realmente temía, era que el lazo primario entre madre e hijo (tal vez durante esa preciosa conexión uterina de nueve meses) de alguna forma le hubiera revelado, en el mundo del subconsciente, quién era su verdadero progenitor.