Soñó que su padre moriría al día siguiente.
Preocupado, se apresuró en llegar hasta el hogar paterno. Amanecía cuando se presentó ante el lecho de su antepasado, donde le dijo que siempre lo había amado. La alegría de la confesión ablandó el corazón del anciano y lo paró para siempre.
El resto de su vida se preguntó quién le había mandado ese sueño.
martes, 8 de noviembre de 2016
martes, 27 de octubre de 2015
FURGONIA, un aguafuerte bonaerense
Las
paredes entramadas y el techo de tejas de las boleterías, en armonía con el
aire fresco del bosque de eucaliptos que bordeaba el lugar, me transportaban cada
mañana a una idílica estación de tren en la campiña europea. Al menos hasta que
la voz en el crepitante altoparlante, anunciando la habitual demora, me devolvía
a la realidad de un cachetazo. Demora se traducía en presentismo en juego, que
a su vez significaba viajar sí o sí en el próximo tren. Llegase como llegase.
El
tren arribaba a Santos Lugares como una dama llega a una fiesta: tarde e
indiferente de lo que sucede a su alrededor. Se detenía con displicencia,
echando una mezcla de queja y bufido; y ahí me encontraba la mayoría de las
mañanas: frente a un monstruo artrítico, sin lugar para un alfiler y atestado
de seres macerando fastidio. En esas jornadas uno arriesgaba la vida: ya sea
viajando en los estribos de un vagón destartalado, sobre vías viejas y poco
confiables, o expuesto a que un pasajero con un día complicado por delante te
saque la cabeza de un mordisco. Eran momentos difíciles, pero los aventureros y
sabios teníamos un pequeño secreto.
En
los extremos de la formación, se encontraba un lugar donde el resto del tren no
existía; un espacio con sus propios personajes, costumbres y reglas…
Furgonia.
viernes, 9 de octubre de 2015
El ruego
Estimado
señor,
Permítame
recuperar mi vida, no merezco tal castigo.
Desde que recibí su carta vivo en
estado de alteración. Ese día, aun perturbado por los dilemas que me alejaron
de su hermana, leía poesía sobre temblorosos delirios a causa de amores
perdidos, cuando escuché el golpe en la puerta. Abrí y no encontré a nadie más
que a la desgracia, que entró junto con el sobre que encontré en el suelo. Al
leer las últimas líneas, esas donde usted se situaba fuera de mi hogar,
dispuesto a llevar a cabo su implacable venganza, corrí a la ventana, pero no
pude ver más que mi rosado reflejo en el vidrio. No fue sino hasta después de sendas tazas de
té de tilo y, lo admito, algunos calmantes, que logré tranquilizarme y sospechar
que sólo había sido una treta para amedrentarme.
Supuse que el tema quedaría ahí, en
un merecido susto, pero en ese momento comenzó su acoso; el más aterrador de
todos: el invisible. Un acecho en el que jamás pude verlo.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
Amok Culinario
En coautoría con Joaquín Gambini
Cae
la noche y la obligación de sentarme a comer vuelve a presentarse. Veamos cómo
se comporta esta vez. Me llamó diciendo que la comida estaba lista. Bajo para
encontrar la carne aun cruda y la mesa mal puesta. Tratando de no rezongar,
doblo las servilletas que él no colocó. Por fin nos sentamos. Intenta afilar su
cuchillo serruchado con su tenedor. El chirriante sonido que produce me molesta
casi tanto como su estupidez.
Trato
de centrarme en mi plato y disfrutar de mi cena. Tarea harto difícil, teniendo
en cuenta que las papas están crudas y la carne seguro quedó horrible. Pero,
¿cómo culparlo por eso? Ni el mejor chef del mundo podría darle buen sabor a
ese trozo.
Me
concentro en las papas, mientras lo veo masticar el primer bocado de carne y
hacer una mueca. Ve que lo observo y sonríe. Pobre diablo.
“Entonces…”,
dice desesperado, intentado enmendar la aparente ofensa, “… ¿dónde dijiste que
conseguiste este manjar?”
“No
lo dije, pero fue en el mercado de la calle X”, miento.
Juego
con mi plato y lo observo comer, evitando las arcadas.
“Gran lugar, gran lugar… Y… ¿dónde está Myaso?”.
Tan ridículo como inevitable sentir celos por ese gato, que recibe más amor que
yo.
“No
sé”, vuelvo a mentir.
A
esto se había reducido nuestra relación: a engañarnos y ocultar las caras de
asco.
lunes, 31 de agosto de 2015
Nadie sufre (mucho) sin querer
“¿Y ese?”, preguntó.
“Ese es un mail…”
Él se divertía tratando de adivinar los tonos que salían de su celular. Ella lo intentaba admirando el cuerpo de su compañero de cama. Él fumaba y trataba de sacar conversación. Ella flotaba en un mar de silencio embotado, salpicado por islas de preguntas estúpidas. Ambos ignoraban una televisión que mostraba dibujos animados sin volumen, ya que jamás pudieron hacer funcionar correctamente el mando en la cabecera de la cama.
“Serán tus amigas, tratando de saber adónde te escapaste tan rápido”, dijo él sonriendo, mientras apagaba su cigarrillo y comenzaba a acariciarle el estómago.
“Capaz…”, contestó perdida. Había olido el peligro; como un animal rodeado de belleza, que intuye una herida mortal a punto de mutilarlo. Había notado el frío en el aire esos días, y su mecanismo de defensa siempre había sido atacar preventivamente.
El teléfono volvió a sonar, con un tono nuevo, personalizado.
“Opa, ese es nuevo. ¿De quién es?”
“De nadie”, contestó, segundos antes de guiar la mano del hombre hacia abajo, a fin de volver a nublarse, al menos por un rato.
jueves, 20 de agosto de 2015
La oveja negra
—M´ijito, si a uté le
ofrecen quel próximo sueño se le haga su vida real, ¿aceptaría?
La
cuestión le sonó divertida, hasta lúdica: convertir un bello sueño en la
satisfacción real de todas sus fantasías. Claro que también podría experimentar
una horrible pesadilla, pero determinó, casi inmediatamente, que los riesgos
siempre traen recompensas. Y que era difícil una vida peor que la suya.
Sonrió
y asintió. Vio a la tarotista frente a él sonreír y asentir a la vez.
—Delo po´ seguro.
—¿Eso es todo?-
respondió divertido- ¿No hay encantamientos a la luz de la luna?
—Uté ve mucha´ película´.
Pa´ mañá ´tará hecho.
viernes, 7 de agosto de 2015
Surgimiento, estrellato y desaparición del Justiciero del Transporte Público
Todas
las mañanas, de lunes a viernes, Juan Carlos Panosian salía de su casa, en
Darregueira y Paraguay, y caminaba unas pocas cuadras hasta Oro y Santa Fe.
Allí se subía al colectivo 59 hasta Las Heras y Callao, donde trabajaba cerca, en
un pequeño estudio contable. Luego de nueve horas de alquimia numérica, hacía el
mismo recorrido a la inversa para volver a su hogar: un modesto PH que resistía
estoico a la mutación de esa parte de Palermo, que solía ser “viejo” y pasó a
ser tocayo de vecindarios de moda en metrópolis famosas. Cenaba liviano,
charlaba con su mujer mientras veían un rato de TV y se acostaba hasta el día
siguiente.
Era
un hombre de mediana edad, bajo y menudo. De pelo canoso y tupido bigote.
Alternaba entre los dos mismos trajes gastados desde hacía años y, preocupado
por la “situación actual”, cuidaba su trabajo, aunque, de acuerdo a su esposa, este
no lo satisfacía del todo. Tenía una vida tranquila y rutinaria. Una vida que
no se distinguía de la de miles de habitantes de la ciudad, hasta una víspera
en la que, según él, decidió enfrentarse al
descaro y la grosería.
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