miércoles, 11 de octubre de 2017

H.D.M.P.

Septiembre de 2017


Estimados turistas,


Estoy al tanto de lo divertidas que pueden ser las seudo-noticias en las que se enumera, con una mezcla de sorna e incredulidad, las poblaciones de nombres insólitos y, a veces, hasta soeces, pero, como parte de esta maravillosa población que habito y tengo el honor de gobernar, puedo ver y sentir que los chistes sólo son graciosos cuando uno no es el destinatario.

Manga de Tarados es un pueblo próspero, orgulloso y trabajador, y en ningún sentido semejante a su anticuada y engañosa nominación.

martes, 8 de agosto de 2017

El desenlace del dinosaurio

Con esa media sonrisa que portamos los arrobados, miro fijo al amor de mi vida mientras recorro el mundo y me lleno de experiencias. Me es difícil ser más feliz que con ella. Recorro sus rincones más prohibidos en la soledad del hogar. Siempre abierta, lista a responder al roce de mis dedos. Aprendo, río, jamás deja de sorprenderme.
De repente, le consulto algo y se queda helada. Vuelvo a preguntar, no responde. El nudo que se empieza formar en mi estómago es aviso de lo inminente.
El dinosaurio.
Ese reptil infame de 8 bits, que aparece y anuncia mi terror máximo:
Me quedé sin internet.

martes, 7 de febrero de 2017

¡2245 en papel!

Gente,

Junté algunos de mis cuentos más cortos y me propuse empezar a mostrarlos, porque si bien escribir es un hobby solitario, está bueno que amigos, parientes, conocidos o, simplemente, gente que disfrute leer, den un vistazo a lo que hacés. 


Así que acá está: El perro del 2245, versión papel.




Algún día publicaré mi libro de relatos largos y trabajados, pero, mientras tanto, esta es una pequeña muestra de lo que sucede en mi mente. En la parte agradable, al menos.

El que quiera una copia sólo tiene que pedirla. La idea original era mandarlo por correo, pero la editorial (o sea mi bolsillo) no estuvo muy de acuerdo. Así que no queda otra que ir coordinando un encuentro/entrega. 

¡Saludos a todos!

martes, 8 de noviembre de 2016

Un sueño

Soñó que su padre moriría al día siguiente.

Preocupado, se apresuró en llegar hasta el hogar paterno. Amanecía cuando se presentó ante el lecho de su antepasado, donde le dijo que siempre lo había amado. La alegría de la confesión ablandó el corazón del anciano y lo paró para siempre.


El resto de su vida se preguntó quién le había mandado ese sueño.


martes, 27 de octubre de 2015

FURGONIA, un aguafuerte bonaerense

Las paredes entramadas y el techo de tejas de las boleterías, en armonía con el aire fresco del bosque de eucaliptos que bordeaba el lugar, me transportaban cada mañana a una idílica estación de tren en la campiña europea. Al menos hasta que la voz en el crepitante altoparlante, anunciando la habitual demora, me devolvía a la realidad de un cachetazo. Demora se traducía en presentismo en juego, que a su vez significaba viajar sí o sí en el próximo tren. Llegase como llegase.

El tren arribaba a Santos Lugares como una dama llega a una fiesta: tarde e indiferente de lo que sucede a su alrededor. Se detenía con displicencia, echando una mezcla de queja y bufido; y ahí me encontraba la mayoría de las mañanas: frente a un monstruo artrítico, sin lugar para un alfiler y atestado de seres macerando fastidio. En esas jornadas uno arriesgaba la vida: ya sea viajando en los estribos de un vagón destartalado, sobre vías viejas y poco confiables, o expuesto a que un pasajero con un día complicado por delante te saque la cabeza de un mordisco. Eran momentos difíciles, pero los aventureros y sabios teníamos un pequeño secreto.

En los extremos de la formación, se encontraba un lugar donde el resto del tren no existía; un espacio con sus propios personajes, costumbres y reglas…

Furgonia.

viernes, 9 de octubre de 2015

El ruego

Estimado señor,

Permítame recuperar mi vida, no merezco tal castigo.

            Desde que recibí su carta vivo en estado de alteración. Ese día, aun perturbado por los dilemas que me alejaron de su hermana, leía poesía sobre temblorosos delirios a causa de amores perdidos, cuando escuché el golpe en la puerta. Abrí y no encontré a nadie más que a la desgracia, que entró junto con el sobre que encontré en el suelo. Al leer las últimas líneas, esas donde usted se situaba fuera de mi hogar, dispuesto a llevar a cabo su implacable venganza, corrí a la ventana, pero no pude ver más que mi rosado reflejo en el vidrio.  No fue sino hasta después de sendas tazas de té de tilo y, lo admito, algunos calmantes, que logré tranquilizarme y sospechar que sólo había sido una treta para amedrentarme.

            Supuse que el tema quedaría ahí, en un merecido susto, pero en ese momento comenzó su acoso; el más aterrador de todos: el invisible. Un acecho en el que jamás pude verlo.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Amok Culinario

En coautoría con Joaquín Gambini

Cae la noche y la obligación de sentarme a comer vuelve a presentarse. Veamos cómo se comporta esta vez. Me llamó diciendo que la comida estaba lista. Bajo para encontrar la carne aun cruda y la mesa mal puesta. Tratando de no rezongar, doblo las servilletas que él no colocó. Por fin nos sentamos. Intenta afilar su cuchillo serruchado con su tenedor. El chirriante sonido que produce me molesta casi tanto como su estupidez.

Trato de centrarme en mi plato y disfrutar de mi cena. Tarea harto difícil, teniendo en cuenta que las papas están crudas y la carne seguro quedó horrible. Pero, ¿cómo culparlo por eso? Ni el mejor chef del mundo podría darle buen sabor a ese trozo.

Me concentro en las papas, mientras lo veo masticar el primer bocado de carne y hacer una mueca. Ve que lo observo y sonríe. Pobre diablo.

“Entonces…”, dice desesperado, intentado enmendar la aparente ofensa, “… ¿dónde dijiste que conseguiste este manjar?”

“No lo dije, pero fue en el mercado de la calle X”, miento.

Juego con mi plato y lo observo comer, evitando las arcadas.

 “Gran lugar, gran lugar… Y… ¿dónde está Myaso?”. Tan ridículo como inevitable sentir celos por ese gato, que recibe más amor que yo.

“No sé”, vuelvo a mentir.

A esto se había reducido nuestra relación: a engañarnos y ocultar las caras de asco.